«Brilla, pero no siempre es oro», dentro del «mundo mágico» de Sam Bankman-Fried

Hace mucho tiempo, en un «reino» muy distante y algo chiflado, surgió una divertida disputa sobre si colocar o quitar una simple puerta en la oficina de Hong Kong de FTX. Una mujer argumentaba a favor de retirarla por cuestiones de feng-shui, mientras que un hombre sostenía lo contrario. La resolución de este dilema les costó la nada despreciable suma de un millón de dólares.

Sí, así es, se trató de la famosa «puerta del millón de dólares», como la bautizaron. Este episodio es solo una pequeña parte del entretenido libro «Going Infinite: la increíble historia de un magnate y su caída», escrito por Michael Lewis, que cuenta las peripecias de Sam «frito», como me gusta llamarlo en un español más coloquial.

Sam, un magnate que, ahora sabemos, solo lo fue en la percepción de los demás, construyó un «imperio» valorado en $32,000 millones de dólares. Un imperio que se disparó rápidamente con FTX y Alameda Research… para luego desplomarse de una manera espectacular. Después de leer el libro, me atrevería a decir que el colapso era más que predecible. Es simplemente increíble que la bolsa de criptomonedas más importante del planeta estuviera siendo dirigida de la manera en que lo hacía FTX.

Una locura total. Por ejemplo, este imperio carecía de director Financiero, director de Riesgos, ¡ni siquiera tenía director de Recursos Humanos! Más bien parecía una especie de fraternidad que una empresa, con un jefe bastante peculiar. Introvertido, mal comunicador, críptico, desordenado y con una inteligencia emocional cercana a cero (algo parecido a Musk), ignorando detalles operativos. George Kerner, el psiquiatra corporativo, elaboró el único organigrama del imperio de Bankman-Fried.

Las revelaciones fueron fascinantes. Por ejemplo, 24 personas pensaban que rendían cuentas a Sam. Este grupo incluía a Joe, el padre de Sam, y a Matt Nass, su amigo de juventud. Sam se volvió como un dios para sus subalternos, cumpliéndose cada uno de sus caprichos, ¡incluso los que se inventaba! Un ejemplo notorio es el increíble episodio de las oficinas de FTX en las Bahamas.

La empresa contrató a dos arquitectos, Alfia White e Ian Rosenfield, quienes intentaron entender los deseos de sus clientes para diseñar el proyecto. Sin embargo, la respuesta fue un confuso, «hagan lo que quieran».

Finalmente, les dieron una lista de tres cosas que Sam quería: 1) que el edificio tuviera la forma de la letra «F» para que su apellido fuera visible desde los aviones al aterrizar, 2) que el costado evocara su pelo despeinado, y 3) mostrar de manera destacada en el atrio del complejo un cubo de tungsteno que Sam había comprado.

Y así fue diseñado, ya que, aunque parezca increíble, NUNCA pudieron discutir con el «gran jefe» sobre lo que habían concebido. Finalmente, tuvieron la oportunidad de hacerle una sola pregunta: «Más allá del trabajo, ¿qué es lo que quieres de estos edificios?».

La respuesta dejó a todos boquiabiertos: «Canchas de bádminton». Eso era todo lo que quería: tres canchas de bádminton. «Fue la primera y única pregunta que le hicimos», concluyó Ian. ¡Una verdadera locura!

Dado este caos, el desenlace no sorprende. El desplome de las criptomonedas en el tercer trimestre de 2022 llevó a la bancarrota de FTX, con una pérdida reportada de $9,000 millones de dólares de sus clientes, según informó The Washington Post. Nadie sabía dónde estaban esos fondos.

Más tarde se supo que se «prestaron» indebidamente a Alameda Research, que luego realizó apuestas perdedoras. En apenas unas semanas, ambas empresas se declararon en quiebra. Sam fue declarado culpable de fraude y enfrenta una condena de hasta 110 años de cárcel. Sus principales colaboradores también podrían terminar tras las rejas.

¡Ah, entre todo el desorden, al final parece que encontraron $5,000 millones de dólares de los fondos «perdidos»! Está por verse.

Esta fascinante historia nos deja varias lecciones para recordar:

El desorden siempre será un mal compañero.

Los jefes importan, y sobre todo, los extremos. Un gran líder potencia, pero un mal jefe hunde incluso al más poderoso imperio (o a un país entero, por cierto).

Hay que tener mucho cuidado con jefes caprichosos y poderosos.

En tierra de «ciegos», el tuerto es rey. Jamás inviertas en algo que no comprendas a la perfección, y, debo agregar, con empresas o personas que no estén debidamente reguladas.

Cautela en el mundo de las «start-ups» y negocios «novedosos», siempre con pies de plomo.

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